Religión

Estados Pontificios

En la historia de la Iglesia católica existió un periodo de tiempo en que los pontífices tuvieron el dominio de varios territorios del centro de Italia. Estos territorios eran conocidos como Estados Pontificios y estuvieron protegidos por varios imperios de occidente que reconocieron la autonomía de estos territorios en manos de los papas siempre que sirvieran al imperio que los protegía y a quienes los papas coronaban emperadores. Este fue el caso de Pipino el Breve, Carlomagno y Ludovico Pio (de la Dinastía Carolingia), e igualmente del emperador Othón del Sacro Imperio Romano Germánico. El origen de estos territorios del papado, se dio luego del fin del Imperio Romano. Su desarrollo y expansión se dio desde el centro de Italia hasta el norte, en el desarrollo de toda la Edad Media hasta después del renacimiento y parte de la Era Moderna. Su fin, tuvo lugar cuando se unificó la República Italiana en el año 1870 reduciendo los Estados Pontificios a lo que conocemos hoy en día como el Vaticano.

Estados Pontificios

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Ciudad del Vaticano, papado

¿Qué son los Estados Pontificios?

Los Estados Pontificios fueron los territorios que estaban gobernados y administrados por la Iglesia católica siendo el papa, el jefe de estado. Los Estados Pontificios o territorios del papado estaban ubicados en el centro de Italia con su capital en Roma y desde el año 751, luego de la caída del Imperio romano, hasta el año 1870, con la unificación de Italia, conformaron un estado independiente bajo la autoridad del papa. Estos territorios ocuparon la extensión de las regiones italianas modernas de Lacio, Las Marcas, Umbría y Emilia Romana. En la actualidad, el único Estado Pontificio, es el Vaticano reconocido como la nación más pequeña de Europa dirigida por un gobierno teocrático.

Características de los Estados Pontificios

Entre las características más representativas de los Estados Pontificios podemos mencionar las siguientes:

¿Cómo se formaron?

Los Estados Pontificios nacieron luego de la muerte de Carlos Martell, quien dividió el reino franco entre Carloman y Pipino, y sus dos hijos. Carloman tomó la vida religiosa y concedió sus territorios. Por su parte, Pipino fue nombrado por el papa Esteban II, rey de los Francos fundando la Dinastía Carolingia y comenzando así las relaciones entre el reino franco y el papado.

Luego de la invasión Lombarda, el rey Pipino expulso a los lombardos de los territorios de Marcas y Umbría que pertenecían al Imperio Bizantino y los dejó bajo el poder del papa dando origen a los primeros Estados Pontificios conformados por las ciudades de Rávena, Ferrara, Bolonia, Rímini, Ancona, Pesaro, Fano y Senigallia.

Historia

La historia de los Estados Pontificios se inicia con la caída del Imperio romano de Occidente. La comunidad cristiana ubicada en Roma y su máximo líder, el papa, eran dueños de amplios territorios ubicados en Italia, Dalmacia, la Galia meridional y África del Norte. Todas las riquezas que se encontraban en estos territorios estaban constituidos por fincas de labranza que se unían en agrupaciones llamadas müsa. La agrupación de estas formaba un patrimonium que reconocía al papa como su líder, más no como su gobernante.

En el siglo VIII, el pontificado rompe sus vínculos amistosos con los lombardos por su deseo de conquistar a Roma y de ejercer su dominio sobre todos sus territorios, los cuales estaban bajo la soberanía nominal de Bizancio que era dirigido por el rey lombardo Astolfo.

El papa Esteban II que había colaborado en la consolidación de la monarquía del Rey Pipino el Breve, solicitó la ayuda del monarca para que defendiera sus territorios en Roma de los lombardos. El rey Pipino se enfrentó a los lombardos constituyéndose como protector de la Iglesia romana y en el año 756 logra expulsar a los lombardos de Roma y de los territorios de Marcas y Umbría para colocarlos bajo el dominio del poder papal. Este hecho marcaría el inicio de los Estados Pontificios. Poco tiempo después de la ruptura entre Bizancio y Roma, el papa tuvo en sus manos el dominio de Rávena y las ciudades de Ferrara, Boloña, Rimino, Ancona, Pesaro, Fano y Senigallia.

En el Imperio carolingio dirigido por el emperador Carlomagno, los Estados Pontificios eran supervisados por el emperador y reconocidos como parte de este imperio. En el año 800, Carlomagno es coronado por el papa como Emperador de Occidente creando un lazo de solidaridad más fuerte entre el Imperio y los territorios del papado dando al pontífice el derecho a ejercer el poder ejecutivo en sus tierras bajo un poder temporal.

En el año 924, luego de la muerte de Carlomagno, su hijo Ludovico Pio toma el trono y promulga la Constitución Romana en la cual se estipulaba que el Emperador ejercería el poder de suprema justicia y el papa el poder ejecutivo. Igualmente, este documento obligaba mediante un juramento a los romanos de aplazar la consagración de los futuros pontífices hasta que estos no juraran fidelidad al Emperador.

En el año 962, ya terminada la dinastía carolingia, Berengario II, Rey de Italia amenaza los territorios pontificios y el papa Juan XII pide ayuda al monarca germano Otón el Grande y lo corona emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Otón en agradecimiento ratifica los privilegios papales sobre los territorios pontificios mediante el decreto Privilegium Othonis.

La relación entre el papa y el Imperio romano germano no era muy cordial debido a que los germanos aún tenían poder sobre los Estados Pontificios y sobre las decisiones que se dieran en Roma. Estas intromisiones no permitieron que los Estados Pontificios fueran libres del imperio y generaron tensiones que terminaron en un enfrentamiento conocido como la querella de las investiduras.

Años más tarde en 1143, bajo el pontificado de Inocencio II se produce un levantamiento popular comandado por Arnaldo de Brescia que pone en riesgo el gobierno papal. Esto obliga a la iglesia a renunciar a su poder terrenal. Años más tarde, Federico Barbarroja devuelve al papa Adrian IV el control de los Estados Pontificios.

Con el papa Inocencio III, los Estados Pontificios ocupan el centro de Italia extendiéndose hasta el norte gracias a la herencia que deja la condesa Matilde Toscana a la Santa Sede.

En el siglo XVI, Alejandro VI de Borgia organiza el papado como una monarquía centralita teocrática.

Los Estados Pontificios llegaron a ocupar su mayor extensión territorial en el siglo XVI hasta el año 1797 cuando Napoleón Bonaparte invade los territorios papales creando la República Romana.

En el año 1801, el papa Pio VII recupera el poder sobre los territorios pontificios y durante el Congreso de Viena de 1815 se restituyen todas las posesiones de estos estados bajo vigilancia austríaca.

Pero fue en el año 1870 donde llega la disolución de los Estados Pontificios como consecuencia de la unificación de Italia bajo la hegemonía de Victor Manuel II quien conquistó estos estados para que fueran parte de Italia. El poder del papa quedó reducido al Vaticano como símbolo de protesta a la intervención italiana en sus territorios.

En el año 1929, con la firma del Tratado de Letrán firmado por el papa Pio XI y Benito Mussolini, la Iglesia reconocía el Estado italiano e igualmente, Italia reconocía la soberanía de la Ciudad del Vaticano, como un gobierno teocrático, con cuarenta y cuatro hectáreas de territorio.

Los Estados Pontificios en la actualidad

En la actualidad, los Estados Pontificios fueron reducidos a la Ciudad del Vaticano en Roma. Este es un Estado soberano que tiene una superficie de 44 hectáreas dentro de la zona de los edificios históricos papales, en la Colina Vaticana de la capital italiana.

La Ciudad del Vaticano es el país más pequeño del mundo y el único gobierno teocrático del continente europeo.

Importancia

La importancia de los Estados Pontificios está en su valor histórico y lo que representaron en su momento y actualmente, como territorios donde se práctica y se conserva la fe y doctrina del cristianismo desde el legado que dejó Cristo a San Pedro como fundador de su iglesia. Lamentablemente, la historia ha dejado evidencia de que estos territorios gobernados por la Iglesia católica fueron corrompidos por sus mismos fieles quienes tenían ambiciones de poder y riquezas superiores que no estaban en concordancia con la religión que profesaban.

Escrito por Valentina Sancler
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